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lunes, 2 de mayo de 2011

Benedicto XVI: Homilia Beatificación Juan Pablo II

Homilía de Benedicto XVI: Beatificación Beato Juan Pablo II:




Queridos hermanos y hermanas.
Hace seis años nos encontrábamos en esta Plaza para celebrar los funerales del Papa Juan Pablo II. El dolor por su pérdida era profundo, pero más grande todavía era el sentido de una inmensa gracia que envolvía a Roma y al mundo entero, gracia que era fruto de toda la vida de mi amado Predecesor y, especialmente, de su testimonio en el sufrimiento. Ya en aquel día percibíamos el perfume de su santidad, y el Pueblo de Dios manifestó de muchas maneras su veneración hacia él. Por eso, he querido que, respetando debidamente la normativa de la Iglesia, la causa de su beatificación procediera con razonable rapidez. Y he aquí que el día esperado ha llegado; ha llegado pronto, porque así lo ha querido el Señor: Juan Pablo II es beato.
Deseo dirigir un cordial saludo a todos los que, en número tan grande, desde todo el mundo, habéis venido a Roma, para esta feliz circunstancia, a los señores cardenales, a los patriarcas de las Iglesias católicas orientales, hermanos en el episcopado y el sacerdocio, delegaciones oficiales, embajadores y autoridades, personas consagradas y fieles laicos, y lo extiendo a todos los que se unen a nosotros a través de la radio y la televisión.
Éste es el segundo domingo de Pascua, que el beato Juan Pablo II dedicó a la Divina Misericordia. Por eso se eligió este día para la celebración de hoy, porque mi Predecesor, gracias a un designio providencial, entregó el espíritu a Dios precisamente en la tarde de la vigilia de esta fiesta. Además, hoy es el primer día del mes de mayo, el mes de María; y es también la memoria de san José obrero. Estos elementos contribuyen a enriquecer nuestra oración, nos ayudan a nosotros que todavía peregrinamos en el tiempo y el espacio. En cambio, qué diferente es la fiesta en el Cielo entre los ángeles y santos. Y, sin embargo, hay un solo Dios, y un Cristo Señor que, como un puente une la tierra y el cielo, y nosotros nos sentimos en este momento más cerca que nunca, como participando de la Liturgia celestial.
«Dichosos los que crean sin haber visto» (Jn 20, 29). En el evangelio de hoy, Jesús pronuncia esta bienaventuranza: la bienaventuranza de la fe. Nos concierne de un modo particular, porque estamos reunidos precisamente para celebrar una beatificación, y más aún porque hoy un Papa ha sido proclamado Beato, un Sucesor de Pedro, llamado a confirmar en la fe a los hermanos. Juan Pablo II es beato por su fe, fuerte y generosa, apostólica. E inmediatamente recordamos otra bienaventuranza: «¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo» (Mt 16, 17). ¿Qué es lo que el Padre celestial reveló a Simón? Que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios vivo. Por esta fe Simón se convierte en «Pedro», la roca sobre la que Jesús edifica su Iglesia. La bienaventuranza eterna de Juan Pablo II, que la Iglesia tiene el gozo de proclamar hoy, está incluida en estas palabras de Cristo: «Dichoso, tú, Simón» y «Dichosos los que crean sin haber visto». Ésta es la bienaventuranza de la fe, que también Juan Pablo II recibió de Dios Padre, como un don para la edificación de la Iglesia de Cristo.
Pero nuestro pensamiento se dirige a otra bienaventuranza, que en el evangelio precede a todas las demás. Es la de la Virgen María, la Madre del Redentor. A ella, que acababa de concebir a Jesús en su seno, santa Isabel le dice: «Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá» (Lc 1, 45). La bienaventuranza de la fe tiene su modelo en María, y todos nos alegramos de que la beatificación de Juan Pablo II tenga lugar en el primer día del mes mariano, bajo la mirada maternal de Aquella que, con su fe, sostuvo la fe de los Apóstoles, y sostiene continuamente la fe de sus sucesores, especialmente de los que han sido llamados a ocupar la cátedra de Pedro. María no aparece en las narraciones de la resurrección de Cristo, pero su presencia está como oculta en todas partes: ella es la Madre a la que Jesús confió cada uno de los discípulos y toda la comunidad. De modo particular, notamos que la presencia efectiva y materna de María ha sido registrada por san Juan y san Lucas en los contextos que preceden a los del evangelio de hoy y de la primera lectura: en la narración de la muerte de Jesús, donde María aparece al pie de la cruz (cf. Jn 19, 25); y al comienzo de los Hechos de los Apóstoles, que la presentan en medio de los discípulos reunidos en oración en el cenáculo (cf. Hch. 1, 14).
También la segunda lectura de hoy nos habla de la fe, y es precisamente san Pedro quien escribe, lleno de entusiasmo espiritual, indicando a los nuevos bautizados las razones de su esperanza y su alegría. Me complace observar que en este pasaje, al comienzo de su Primera carta, Pedro no se expresa en un modo exhortativo, sino indicativo; escribe, en efecto: «Por ello os alegráis», y añade: «No habéis visto a Jesucristo, y lo amáis; no lo veis, y creéis en él; y os alegráis con un gozo inefable y transfigurado, alcanzando así la meta de vuestra fe: vuestra propia salvación» (1 P 1, 6.8-9). Todo está en indicativo porque hay una nueva realidad, generada por la resurrección de Cristo, una realidad accesible a la fe. «Es el Señor quien lo ha hecho –dice el Salmo (118, 23)- ha sido un milagro patente», patente a los ojos de la fe.
Queridos hermanos y hermanas, hoy resplandece ante nuestros ojos, bajo la plena luz espiritual de Cristo resucitado, la figura amada y venerada de Juan Pablo II. Hoy, su nombre se añade a la multitud de santos y beatos que él proclamó durante sus casi 27 años de pontificado, recordando con fuerza la vocación universal a la medida alta de la vida cristiana, a la santidad, como afirma la Constitución conciliar sobre la Iglesia Lumen gentium. Todos los miembros del Pueblo de Dios –Obispos, sacerdotes, diáconos, fieles laicos, religiosos, religiosas- estamos en camino hacia la patria celestial, donde nos ha precedido la Virgen María, asociada de modo singular y perfecto al misterio de Cristo y de la Iglesia. Karol Wojtyła, primero como Obispo Auxiliar y después como Arzobispo de Cracovia, participó en el Concilio Vaticano II y sabía que dedicar a María el último capítulo del Documento sobre la Iglesia significaba poner a la Madre del Redentor como imagen y modelo de santidad para todos los cristianos y para la Iglesia entera. Esta visión teológica es la que el beato Juan Pablo II descubrió de joven y que después conservó y profundizó durante toda su vida. Una visión que se resume en el icono bíblico de Cristo en la cruz, y a sus pies María, su madre. Un icono que se encuentra en el evangelio de Juan (19, 25-27) y que quedó sintetizado en el escudo episcopal y posteriormente papal de Karol Wojtyła: una cruz de oro, una «eme» abajo, a la derecha, y el lema: «Totus tuus», que corresponde a la célebre expresión de san Luis María Grignion de Monfort, en la que Karol Wojtyła encontró un principio fundamental para su vida: «Totus tuus ego sum et omnia mea tua sunt. Accipio Te in mea omnia. Praebe mihi cor tuum, Maria -Soy todo tuyo y todo cuanto tengo es tuyo. Tú eres mi todo, oh María; préstame tu corazón». (Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, n. 266).
El nuevo Beato escribió en su testamento: «Cuando, en el día 16 de octubre de 1978, el cónclave de los cardenales escogió a Juan Pablo II, el primado de Polonia, cardenal Stefan Wyszyński, me dijo: "La tarea del nuevo Papa consistirá en introducir a la Iglesia en el tercer milenio"». Y añadía: «Deseo expresar una vez más gratitud al Espíritu Santo por el gran don del Concilio Vaticano II, con respecto al cual, junto con la Iglesia entera, y en especial con todo el Episcopado, me siento en deuda. Estoy convencido de que durante mucho tiempo aún las nuevas generaciones podrán recurrir a las riquezas que este Concilio del siglo XX nos ha regalado. Como obispo que participó en el acontecimiento conciliar desde el primer día hasta el último, deseo confiar este gran patrimonio a todos los que están y estarán llamados a aplicarlo. Por mi parte, doy las gracias al eterno Pastor, que me ha permitido estar al servicio de esta grandísima causa a lo largo de todos los años de mi pontificado». ¿Y cuál es esta «causa»? Es la misma que Juan Pablo II anunció en su primera Misa solemne en la Plaza de San Pedro, con las memorables palabras: «¡No temáis! !Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!». Aquello que el Papa recién elegido pedía a todos, él mismo lo llevó a cabo en primera persona: abrió a Cristo la sociedad, la cultura, los sistemas políticos y económicos, invirtiendo con la fuerza de un gigante, fuerza que le venía de Dios, una tendencia que podía parecer irreversible. Con su testimonio de fe, de amor y de valor apostólico, acompañado de una gran humanidad, este hijo ejemplar de la Nación polaca ayudó a los cristianos de todo el mundo a no tener miedo de llamarse cristianos, de pertenecer a la Iglesia, de hablar del Evangelio. En una palabra: ayudó a no tener miedo de la verdad, porque la verdad es garantía de libertad. Más en síntesis todavía: nos devolvió la fuerza de creer en Cristo, porque Cristo es Redemptor hominis, Redentor del hombre: el tema de su primera Encíclica e hilo conductor de todas las demás.
Karol Wojtyła subió al Solio de Pedro llevando consigo la profunda reflexión sobre la confrontación entre el marxismo y el cristianismo, centrada en el hombre. Su mensaje fue éste: el hombre es el camino de la Iglesia, y Cristo es el camino del hombre. Con este mensaje, que es la gran herencia del Concilio Vaticano II y de su «timonel», el Siervo de Dios el Papa Pablo VI, Juan Pablo II condujo al Pueblo de Dios a atravesar el umbral del Tercer Milenio, que gracias precisamente a Cristo él pudo llamar «umbral de la esperanza». Sí, él, a través del largo camino de preparación para el Gran Jubileo, dio al Cristianismo una renovada orientación hacia el futuro, el futuro de Dios, trascendente respecto a la historia, pero que incide también en la historia. Aquella carga de esperanza que en cierta manera se le dio al marxismo y a la ideología del progreso, él la reivindicó legítimamente para el Cristianismo, restituyéndole la fisonomía auténtica de la esperanza, de vivir en la historia con un espíritu de «adviento», con una existencia personal y comunitaria orientada a Cristo, plenitud del hombre y cumplimiento de su anhelo de justicia y de paz.
Quisiera finalmente dar gracias también a Dios por la experiencia personal que me concedió, de colaborar durante mucho tiempo con el beato Papa Juan Pablo II. Ya antes había tenido ocasión de conocerlo y de estimarlo, pero desde 1982, cuando me llamó a Roma como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, durante 23 años pude estar cerca de él y venerar cada vez más su persona. Su profundidad espiritual y la riqueza de sus intuiciones sostenían mi servicio. El ejemplo de su oración siempre me ha impresionado y edificado: él se sumergía en el encuentro con Dios, aun en medio de las múltiples ocupaciones de su ministerio. Y después, su testimonio en el sufrimiento: el Señor lo fue despojando lentamente de todo, sin embargo él permanecía siempre como una «roca», como Cristo quería. Su profunda humildad, arraigada en la íntima unión con Cristo, le permitió seguir guiando a la Iglesia y dar al mundo un mensaje aún más elocuente, precisamente cuando sus fuerzas físicas iban disminuyendo. Así, él realizó de modo extraordinario la vocación de cada sacerdote y obispo: ser uno con aquel Jesús al que cotidianamente recibe y ofrece en la Eucaristía.
En el texto de la homilía: ¡Dichoso tú, amado Papa Juan Pablo, porque has creído! Te rogamos que continúes sosteniendo desde el Cielo la fe del Pueblo de Dios. [E improvisando, Benedicto XVI añadió:] Tantas veces nos has bendecido desde esta plaza. Santo Padre, hoy te pedimos, bendícenos. Amén

lunes, 25 de abril de 2011

Predicación del Viernes Santo 2011 en la Basílica de San Pedro

"¡VERDADERAMENTE, ESTE ERA HIJO DE DIOS!"

Predicación del Viernes Santo 2011 en la Basílica de San Pedro

En su pasión - escribe san Pablo a Timoteo - Jesucristo "dio buen testimonio ante Poncio Pilato" (1 Tim 6,13). Nos preguntamos: ¿testimonio de qué? No de la verdad de su vida y de su causa. Muchos han muerto, y mueren aún hoy, por una causa equivocada, creyendo que es justa. La resurrección, esta sí que da testimonio de la verdad de Cristo: Dios le "ha acreditado delante de todos, haciéndolo resucitar de entre los muertos", dirá el Apóstol en el Areópago de Atenas (Hch 17,31).
La muerte no da testimonio de la verdad, sino del amor de Cristo. Es más, ésta constituye la prueba suprema de él: "No hay amor más grande que dar la vida por los amigos" (Jn 15, 13). Se podría objetar que hay un amor más grande que dar la vida por los propios amigos, y es dar la vida por los propios enemigos. Pero esto es precisamente lo que Jesús hizo: "En efecto, cuando todavía éramos débiles, Cristo, en el tiempo señalado, murió por los pecadores. Difícilmente se encuentra alguien que dé su vida por un hombre justo; tal vez alguno sea capaz de morir por un bienhechor. Pero la prueba de que Dios nos ama es que Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores" (Rm 5, 6-8). "Nos amó cuando éramos enemigos, para poder hacernos amigos"[1].
Una cierta "teología de la cruz" unilateral puede hacernos olvidar lo esencial. La cruz no es sólo el juicio de Dios sobre el mundo, confutación de su sabiduría y revelación de su pecado. No es el NO de Dios al mundo, sino su SÍ de amor: "La injusticia, el mal como realidad - escribe el Santo Padre en su último libro sobre Jesús - no puede ser simplemente ignorado, dejado estar. Debe ser eliminado, vencido. Esta es la verdadera misericordia. Y que ahora, dado que los hombres no son capaces, lo haga Dios mismo - esta es la bondad incondicional de Dios"[2].
* * *
¿Pero cómo tener el valor de hablar del amor de Dios, cuando tenemos ante los ojos tantas tragedias humanas, como la catástrofe que se ha abatido sobre Japón, o las hecatombes en el mar de las últimas semanas? ¿No hay que hablar de ello? Pero quedarse del todo en silencio sería traicionar la fe e ignorar el sentido del misterio que estamos celebrando.
Hay una verdad que proclamar fuertemente el Viernes Santo. Aquel a quien contemplamos en la cruz es Dios "en persona". Sí, es también el hombre Jesús de Nazaret, pero éste es una sola persona con el Hijo del eterno Padre. Hasta que no se reconozca y no se tome en serio el dogma de fe fundamental de los cristianos - el primero definido dogmáticamente en Nicea - que Jesucristo es el Hijo de Dios, es Dios mismo, de la misma sustancia que el Padre, el dolor humano quedará sin respuesta.
No se puede decir que "la pregunta de Job todavía permanece sin respuesta", o que tampoco la fe cristiana tiene una respuesta que dar al dolor humano, si de entrada se rechaza la respuesta que ésta dice tener. ¿Cómo se hace para demostrar a alguien que una cierta bebida no contiene veneno? ¡Se bebe de ella antes que él, delante de él! Así ha hecho Dios con los hombres. Él bebió el cáliz amargo de la pasión. No puede estar por tanto envenenado el dolor humano, no puede ser sólo negatividad, pérdida, absurdo, si Dios mismo ha decidido saborearlo. En el fondo del cáliz debe haber una perla.
El nombre de la perla lo conocemos: ¡resurrección! "Yo considero que los sufrimientos del tiempo presente no pueden compararse con la gloria futura que se revelará en nosotros" (Rm 8,18), y también "Él secará todas sus lágrimas, y no habrá más muerte, ni pena, ni queja, ni dolor, porque todo lo de antes pasó" (Ap 21,4).
Si la carrera por la vida terminara aquí abajo, habría de verdad que desesperarse pensando en los millones y quizás miles de millones de seres humanos que parten en desventaja, clavados por la pobreza y el subdesarrollo al punto de partida, mientras algunos pocos nadan en el lujo y no saben cómo gastar el dinero exagerado que ganan. Pero no es así. La muerte no sólo acaba con las diferencias, sino que les da la vuelta. "El pobre murió y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. El rico también murió y fue sepultado, en la morada de los muertos, en medio de los tormentos" (cf. Lc 16, 22-23). No podemos aplicar de manera simplista este esquema a la realidad social, pero éste está allí para advertirnos de que la fe en la resurrección no deja a nadie en su vida tranquila. Nos recuerda que la máxima "vive y deja vivir" no debe nunca transformarse en la máxima "vive y deja morir".
La respuesta de la cruz no es solo para nosotros los cristianos, es para todos, porque el Hijo de Dios murió por todos. Hay en el misterio de la redención un aspecto objetivo y un aspecto subjetivo; está el hecho en sí mismo y la toma de conciencia y la respuesta de fe ante él. El primero se extiende más allá del segundo. "El Espíritu Santo - dice un texto del Vaticano II - de modo que solo Dios sabe, ofrece a cada hombre la posibilidad de ser asociado al misterio pascual" [3].
Una de las formas de asociarse al misterio pascual es precisamente el sufrimiento: "Sufrir - escribía Juan Pablo II después de su atentado y de la larga convalecencia que le siguió - significa volverse particularmente susceptibles, particularmente sensibles a la obra de las fuerzas salvíficas de Dios ofrecidas a la humanidad en Cristo"[4]. El sufrimiento, todo sufrimiento, pero especialmente el de los inocentes, pone en contacto de modo misterioso, "que sólo Dios conoce", con la cruz de Cristo.
* * *
¡Después de Jesús, quienes "dieron buen testimonio" y "bebieron el cáliz" son los mártires! Los relatos de su muerte se titulaban al principio "passio", pasión, como el de los sufrimientos de Jesús que acabamos de escuchar. El mundo cristiano ha vuelto a ser visitado por la prueba del martirio que se creía acabada con la caída de los regímenes totalitarios ateos. No podemos pasar en silencio su testimonio. Los primeros cristianos honraban a sus mártires. Las actas de su martirio eran leídas y distribuidas entre las Iglesias con inmenso respeto. Precisamente hoy, Viernes Santo del 2011, en un gran país de Asia, los cristianos han rezado y marchado en silencio por las calles de algunas ciudades para conjurar la amenaza que pende sobre ellos.
Hay algo que distingue las actas auténticas de los mártires de las legendarias, reconstruidas al terminar las persecuciones. En las primeras, no hay casi trazas de polémica contra los perseguidores; toda la atención se concentra en el heroísmo de los mártires, no en la perversidad de los jueces y de los verdugos. Incluso san Cipriano llegó hasta ordenar a los suyos dar veinticinco monedas de oro al verdugo que le iba a cortar la cabeza. Son discípulos de aquel que murió diciendo: "Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen". En verdad, "la sangre de Jesús habla un lenguaje distinto respecto a la de Abel (cfr Hb 12,24): no pide venganza y castigo, sino reconciliación" [5].
También el mundo se inclina ante los testigos modernos de la fe. Se explica así el inesperado éxito en Francia de la película "De dioses y hombres" que narra las vicisitudes de los siete monjes cistercienses asesinados en Tibhirine en marzo de 1996. ¿Y cómo no permanecer admirados por las palabras escritas en su testamento por el político católico Shahbaz Bhatti, asesinado por su fe el mes pasado? Su testamento es también para nosotros, sus hermanos de fe, y sería ingratitud dejarlo caer pronto en el olvido.
"Se me han propuesto - escribía - altos cargos en el Gobierno, y se me ha pedido que abandone mi batalla, pero yo siempre me he negado, incluso a riesgo de mi propia vida. No quiero popularidad, no quiero posiciones de poder. Sólo quiero un lugar a los pies de Jesús. Quiero que mi vida, mi carácter, mis acciones hablen por mi y digan que estoy siguiendo a Jesucristo. Este deseo es tan fuerte en mí que me consideraría privilegiado si, en este esfuerzo mío y en esta batalla mía por ayudar a los necesitados, los pobres, los cristianos perseguidos de mi país, Jesús quisiera aceptar el sacrificio de mi vida. Quiero vivir para Cristo y quiero morir por Él".
Parece que volvamos a escuchar al mártir Ignacio de Antioquía, cuando venía a Roma a sufrir el martirio. El silencio de las víctimas no justifica, sin embargo, la indiferencia culpable del mundo ante su suerte. "El justo desaparece y a nadie le llama la atención; los hombres de bien son arrebatados, sin que nadie comprenda que el justo es arrebatado a consecuencia de la maldad" (Is 57,1)!

* * *
Los mártires cristianos no están solos, lo hemos visto, en sufrir y morir a nuestro alrededor. ¿Qué podemos ofrecer a quien no cree, además de nuestra certeza de fe de que hay un rescate para el dolor? Podemos sufrir con el que sufre, llorar con el que llora (Rm 12,15). Antes de anunciar la resurrección y la vida, ante el luto de las hermanas de Lázaro, Jesús "se echó a llorar" (Jn 11, 35). En este momento, sufrir y llorar, en particular, con el pueblo japonés, víctima de una de las más grandes catástrofes naturales de la historia. Podemos decir a estos hermanos en humanidad que estamos admirados de su dignidad y del ejemplo de compostura y de mutua ayuda que han dado al mundo.
La globalización tiene al menos este efecto positivo: el dolor de un pueblo se convierte en el dolor de todos, suscita la soliradidad de todos. Nos da ocasión de descubrir que somos una sola familia humana, unida en lo bueno y en lo malo. Nos ayuda a superar las barreras de raza, color y religión. Como dice el verso de un poeta italiano: "¡Hombres, paz! Sobre esta tierra de dolor demasiado grande es el misterio "[6].
Debemos sin embargo recoger también la enseñanza que hay en acontecimientos como este. Terremotos, huracanes y otras desgracias que afectan a la vez a culpables e inocentes nunca son un castigo de Dios. Decir lo contrario supone ofender a Dios y a los hombres. Pero son una advertencia: en este caso, la advertencia a no engañarnos con que la técnica y la ciencia bastarán para salvarnos. Si no sabemos imponernos límites, pueden convertirse, precisamente ellas, lo estamos viendo, en la amenaza más grave de todas.
Hubo un terremoto también en el momento de la muerte de Cristo: "El centurión y los hombres que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y todo lo que pasaba, se llenaron de miedo y dijeron: '¡Verdaderamente, este era el Hijo de Dios!'" (Mt 27,54). Pero hubo otro aún más grande en el momento de su resurrección: "De pronto, se produjo un gran temblor de tierra: el Ángel del Señor bajó del cielo, hizo rodar la piedra del sepulcro y se sentó sobre ella" (Mt 28,2). Así será siempre. A cada terremoto de muerte sucederá un terremoto de resurrección y de vida. Alguien dijo: "Ahora solo un dios puede salvarnos", "Nur noch ein Gott kann uns retten" [7]. Tenemos una garantía cierta de que lo hará porque "Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna" (Jn 3,16).
Preparémonos para cantar con renovada convicció y agradecimiento conmovido las palabras de la liturgia: "Ecce lignum crucis, in quo salus mundi pependit: Mirad el árbol de la cruz, donde estuvo clavada la salvación del mundo. Venite, adoremus: venid, adoradlo.
  
[1] S. Agustín, Comentario a la Primera Carta de Juan 9,9 (PL 35, 2051).
[2] Cf. J. Ratzinger - Benedicto XVI, Gesù di Nazaret, II Parte, Libreria Editrice Vaticana 2011, pp. 151.
[3] Gaudium et spes, 22.
[4] Salvifici doloris, 23.
[5] J. Ratzinger - Benedicto XVI, op. cit. p.211.
[6] G. Pascoli, I due fanciulli [Los dos niños].
[7] Antwort. Martin Heidegger im Gespräch, Pfullingen 1988.


CIUDAD DEL VATICANO, sábado, 23 abril 2011 - Padre Raniero Cantalamessa, ofmcap., predicador de la Casa Pontificia, durante la celebración de la Pasión del Señor que presidió Benedicto XVI este Vienes Santo en la Basílica de San Pedro del Vaticano

Los signos de la Pascua

Cada signo tiene un significado profundo, que muchas veces se nos escapa. Cada signo nos está hablando de Jesús, nos sitúa ante su presencia real en cada uno de nosotros, en la comunidad reunida en su nombre, en el sacerdote que preside la celebración, en la palabra que se proclama, en el pan y el vino que se nos regala como alimento... A continuación, reconoceremos algunos de los signos que vivimos en cada Eucaristía y que nacen fundamentalmente de la Pascua de Jesús.
Pascua significa el paso de Dios que libera al pueblo. Es el compromiso de Dios con su pueblo, su alianza y contrato. A nosotros, que nos consideramos seguidores de Jesús, se nos invita a unirnos a Él, a optar definitivamente por Él.
Celebramos la Pascua en la medida en que nuestra vida sea reflejo y actualización de la vida de Jesús. Nuestro seguimiento a Jesús ha de actualizar dos dimensiones: nuestra opción y adhesión personal a Jesús y nuestro compromiso por realizar lo que Él hizo: crear la fraternidad. Y este camino lo hacemos como Iglesia. No somos islas separadas, somos una comunidad que refleja la vida de Jesús. Los signos de nuestras celebraciones solamente tienen sentido si los vivimos como pueblo de Dios, como Iglesia.

lunes, 18 de abril de 2011

El significado de la Semana Santa

Conoce la historia de la Semana Santa, su importancia para la iglesia y los aspectos a cuidar durante esta semana fundamental en la vida de todo católico.
Ha terminado la cuaresma, el tiempo de conversión interior y de penitencia, ha llegado el momento de conmemorar la pasión, muerte y resurrección de Cristo. Después de la entrada triunfal en Jerusalén, ahora debemos asistir a la institución de la Eucaristía, orar junto al Señor en el Huerto de los Olivos y acompañarle por el doloroso camino que termina en la Cruz.
Durante la Semana Santa, las narraciones de la pasión renuevan los acontecimientos de aquellos días; los hechos dolorosos podrían mover nuestros sentimientos y hacernos olvidar que lo más importante es buscar aumentar nuestra fe y devoción en el Hijo de Dios.
La Liturgia dedica especial atención a esta semana, a la que también se le ha denominado “Semana Mayor” o “Semana Grande”, por la importancia que tiene para los cristianos el celebrar el misterio de la Redención de Cristo, quien por su infinita misericordia y amor al hombre, decide libremente tomar nuestro lugar y recibir el castigo merecido por nuestros pecados.
Para esta celebración, la Iglesia invita a todos los fieles al recogimiento interior, haciendo un alto en las labores cotidianas para contemplar detenidamente el misterio pascual, no con una actitud pasiva, sino con el corazón dispuesto a volver a Dios, con el ánimo de lograr un verdadero dolor de nuestros pecados y un sincero propósito de enmienda para corresponder a todas las gracias obtenidas por Jesucristo.
Para los cristianos la Semana Santa no es el recuerdo de un hecho histórico cualquiera, es la contemplación del amor de Dios que permite el sacrificio de su Hijo, el dolor de ver a Jesús crucificado, la esperanza de ver a Cristo que vuelve a la vida y el júbilo de su Resurrección.
En los inicios de la cristiandad ya se acostumbraba la visita de los santos lugares. Ante la imposibilidad que tiene la mayoría de los fieles para hacer esta peregrinación, cobra mayor importancia la participación en la liturgia para aumentar la esperanza de salvación en Cristo resucitado.
La Resurrección del Señor nos abre las puertas a la vida eterna, su triunfo sobre la muerte es la victoria definitiva sobre los pecados. Este hecho hace del domingo de Resurrección la celebración más importante de todo el año litúrgico.
Aún con la asistencia a las celebraciones podemos quedarnos en lo anecdótico, sin nada que nos motive a ser más congruentes con nuestra fe. Esta unidad de vida requiere la imitación del maestro, buscar parecernos más a Él.
Para nosotros no existen cosas extraordinarias, calumnias, disgustos, problemas familiares, dificultades económicas y todos los contratiempos que se nos presentan, servirán para identificarnos con el sufrimiento del Señor en la pasión, sin olvidar el perdón, la paciencia, la comprensión y la generosidad para con nuestros semejantes.
La muerte de Cristo nos invita a morir también, no físicamente, sino a luchar por alejar de nuestra alma la sensualidad, el egoísmo, la soberbia, la avaricia... la muerte del pecado para estar debidamente dispuestos a la vida de la gracia.
Resucitar en Cristo es volver de las tinieblas del pecado para vivir en la gracia divina. Ahí está el sacramento de la penitencia, el camino para revivir y reconciliarnos con Dios. Es la dignidad de hijos de Dios que Cristo alcanzó con la Resurrección.
Así, mediante la contemplación del misterio pascual y el concretar propósitos para vivir como verdaderos cristianos, la pasión, muerte y resurrección adquieren un sentido nuevo, profundo y trascendente, que nos llevará en un futuro a gozar de la presencia de Cristo resucitado por toda la eternidad.
Por Encuentra.com

Levántame Señor

Levántame Señor, que estoy caído,
Sin amor, sin temor, sin fe, sin miedo;
Quierome  levantar, y estoyme quedo;
Yo propio lo deseo, y yo lo impido.

Estoy, siendo uno solo, dividido:
A un tiempo muerto y vivo, triste y ledo;
Lo que puedo hacer, eso no puedo;
Huyo del mal y estoy en el metido.

Tan obstinado estoy en mi porfía,
Que el temor de perderme y de perderte
Jamás de mi mal uso me desvía.

Tu poder y bondad truequen mi suerte:
Que en otros veo enmienda cada día,
Y en mi nuevos deseos de ofenderme. AMEN

« Oh Dios, ten piedad de este pobre pecador »

     Atiéndeme, Oh Cielo, y yo hablaré; Oh tierra, dad aire a las voces que se arrepienten ante Dios y le cantan alabanzas.
     Atiéndeme, Oh Dios mi Salvador, con tus misericordiosos ojos y acepta mi ferviente confesión.
     He pecado ante todos los hombres. Yo solo he pecado contra Ti; Pero Dios ten compasión, Oh Salvador, sobre tu criatura.
     Una corriente de pasiones me acosa, Oh compadécete Padre, me ofrezco también a Ti Sed misericordioso conmigo, oh Salvador, en Ti confío.
     He oscurecido la belleza de mi alma con placeres de pasión y he reducido a fango mis pensamientos y mi mente.
     He desgarrado la vestidura que el Creador tejió para mí en los comienzos y por eso estoy yaciendo desnudo.
     Me he puesto un abrigo desgarrado, el cual la serpiente tejió para mí por desidia y estoy avergonzado.
     He mirado la belleza del árbol, y mi mente fue seducida; y ahora me encuentro desnudo, y estoy avergonzado.
     Todos los demonios de las pasiones me han seguido y por mucho tiempo me han tiranizado.
     He perdido la belleza de mi nacimiento y ahora me encuentro desnudo y estoy avergonzado.
     Los pecados que me desnudaron del ropaje tejido por Dios, han cosido sobre mí un vestido de pellejos.
     Estoy envuelto en una prenda de vergüenza, lo mismo que hojas de higuera en reprobación por mis pasiones egoístas.
     Oh Amor de los hombres, quien deseó la salvación de todos, en Tu bondad recuérdame y recíbeme arrepentido.
     Dad oídos a los suspiros y gemidos de mi alma, acepta las lágrimas de mis ojos, oh Salvador, y sálvame.


San Andrés de Creta (660-740), monje y obispo
Gran Canon de la liturgia Bizantina para la Cuaresma 2ª oda

martes, 12 de abril de 2011

Fortaleza: medio para resistir a las dificultades

En la vida se presentan a veces dificultades que debilitan la mente y el espíritu, pero que podemos superar viviendo la virtud de la fortaleza, que lleva a quien la vive a resistir en las pruebas, a enfrentar retos y a emprender acciones valiosas.
En ciertas ocasiones el panorama se torna gris, las puertas se cierran ante los ojos cansados y por momentos pareciese que la felicidad estuviera recóndita. Cuando se presentan situaciones críticas (muerte de un ser querido, enfermedad, tragedia social, catástrofe natural, crisis matrimonial o familiar, aprieto económico, situación de desempleo…) el ser humano se ve obligado a poner en juego todo su bagaje de virtudes y valores para volver a levantarse. Es la fortaleza por tanto, aquella fuerza interna que permite salir adelante a pesar de los problemas, incentiva a continuar con la disputa por el bienestar y poder finalmente recuperar la calma que se había perdido.

¿Qué es la fortaleza?

La fortaleza se puede definir como un tipo de blindaje que da la resistencia necesaria para soportar las influencias perjudiciales, las conmociones que buscan destruir y otorga valentía para vencer los conflictos como también para acometer los grandes duelos.
Otras definiciones que brindan aún más claridad:
“Es la virtud que ayuda a vencer con valor los peligros y los obstáculos en la vida. La fortaleza ayuda también a aguantar con firmeza y sin miedo las cosas malas y a no echarse para atrás cuando se ha conquistado un bien. La vida del hombre es una lucha: a veces hay que atacar al enemigo y otras veces hay que resistir sus ataques. La fortaleza da al hombre decisión, valor, coraje, energía, constancia y aguante para atacar y resistir.” *Laverdadcatolica.org
“La virtud de la fortaleza hace a la voluntad férrea, de acero, inflexible ante las dificultades, las tentaciones, los desánimos y problemas, grandes o pequeños de la vida de todos los días. La convierte en valiente para acometer, para atacar al enemigo.” *Francisco de Paula Cardona Lira de Catholic.net.
Ahora bien, es importante precisar el concepto de fortaleza, pues esta virtud no está asociada a la indiferencia ni a la negación de sentimientos o frialdad; tener fortaleza es afrontar las acometidas con entereza y seguir adelante a pesar del dolor, no es falta de fortaleza pedir y aceptar ayuda para sanar las heridas físicas y sicológicas, como tampoco es falta de fortaleza el flaquear por algunos instantes y hasta sentir desánimo, pues de carne somos y no poseemos el don de la perfección. Pero lo que sí tenemos es la destreza para recuperar las fuerzas y continuar con el rumbo de la vida.

Cómo desarrollar la fortaleza

La fortaleza se forma a partir de las pequeñeces, es decir dominándose así mismo en aspectos que exijan un esfuerzo por simple e incipiente que sea, como por ejemplo levantarse temprano en las mañanas, privarse de algún capricho, ser paciente con los hijos, con el cónyuge, mantener en orden el lugar de trabajo, la casa, etc.
Al igual que las demás virtudes, la fortaleza no se crea de un día para otro, se requiere tiempo, pero sobretodo disposición y empeño para lograrlo. Tal como explica el autor mencionado en la parte preliminar:
“Fatigas, esfuerzos y constancia darán como fruto la vivencia de la virtud. Recordemos que, humanamente, la persona que quiere ser madura y cumplir con su fin natural de crecer como tal, necesariamente ha de ser dueña de sí misma, dueña de sus decisiones, señora de sus inclinaciones e instintos. El niño busca siempre cumplir sus caprichos porque todavía no forma la virtud de la fortaleza. Pero ¿un adulto? ¿Un adulto puede ser esclavo de sus flojeras, de sus enojos, de sus iras y malos humores? Si no posee una fortaleza personal que resista estas dificultades, nunca llegará a ser verdaderamente adulto.” *Francisco de Paula Cardona Lira de Catholic.net.

Recuperar la fortaleza en la familia

Es imprescindible darle cabida a la fortaleza en nuestros hogares, pues resulta inquietante como algunas corrientes de la modernidad, pretenden desplazar esta virtud y con ella sus valores aliados: esfuerzo, disciplina, voluntad, paciencia, constancia, humildad; es por eso que no ha de extrañarse si las nuevas generaciones presentan niveles más altos de frustración o poca capacidad para asumir compromisos -el matrimonio por ejemplo- por citar sólo algunos.
Francisco Rodríguez Barragán en su escrito de Conoze.com hace esta interesante reflexión: “Al haber olvidado la necesidad de la fortaleza, mientras hemos llegado a interiorizar que tenemos derecho a todo lo que se nos antoje con el mínimo esfuerzo, estamos frustrando nuestra vida. El abandono de los estudios de tantos jóvenes pone de manifiesto la carencia de fortaleza para superar dificultades.
(…) Todo lo que vale, lo valioso, cuesta trabajo y esfuerzo. Pero si desde pequeños no somos educados en tales actitudes, chocaremos desagradablemente con una realidad que se resiste a nuestros caprichos y buscaremos compensaciones fáciles y degradantes en la sensualidad, la pereza o las adicciones, convirtiéndonos en explotadores de nuestra familia, a la que exigiremos los medios que no hemos sido capaces de conseguir por nosotros mismos.”
Así pues, es un llamado para los padres crear entornos que hagan salir a los hijos de su zona de “confort” para ayudarlos de esta manera, a desarrollar su propio concepto de fortaleza.
Para finalizar: Dios es sinónimo de fortaleza; hay situaciones que humanamente son insuperables, pero gracias a la fuerza que el Creador nos derrama, éstas logran ser superadas.

Fuentes: Catholic.net, Laverdadcatolica.org, Conoze.com


viernes, 3 de diciembre de 2010

La ceguedad de los hombres

 
[Cristo habla:]
     Cuando cree a Adán, le di el don de poderme ver
y por ese don establecerse en la dignidad de los ángeles...
Con sus ojos corporales veía todo lo que yo había creado
pero también con los ojos de la inteligencia,
veía mi rostro, me veía a mí, que soy su Creador.
Contemplaba mi gloria
y conversaba conmigo en todo momento.
Pero, cuando transgrediendo mi mandamiento,
saboreó el árbol, se volvió ciego
y cayó en la oscuridad de la muerte...

Pero me apiadé de él y vine de lo alto.
Yo, el absolutamente invisible,
compartí con él la opacidad de la carne.
Recibiendo de la carne un principio, llegué a ser hombre
y fui visto por todos. 
¿Por qué, pues, acepté hacer todo esto?
Porque la verdadera razón
de haber creado yo a Adán es esta: que me pudiera ver.
Cuando se volvió ciego,
y, detrás de él todos sus descendientes al mismo tiempo,
yo no podía soportar estar en la gloria divina y abandonar...
a los que había creado con mis manos;
pero me hice en todo semejante a los hombres,
corpóreo con los corpóreos,
y me uní voluntariamente a ellos.
Ves tú cuál es mi deseo de ser visto por los hombres...
¿Cómo, pues, puedes decir que me escondo de ti,
que no me dejo ver
En verdad, yo brillo, pero tú, no me miras.

 

domingo, 14 de noviembre de 2010

El compromiso de los Padres de Convivir con los Hijos

Vamos a conocer y sobre todo a poner en practica algunos de los compromisos que como padres tenemos con nuestros hijos:

-Los Padres son " Cooperadores del amor de Dios"(Familiaris Consortio 28) y en ese sentido proporcionan afecto y seguridad: hacen que los hijos aprendan a recibir y a dar, a amar y a dejarse amar.

- La sola presencia brinda seguridad, autonomia y estabilidad. Así no resuelvan los problemas de los hijos sirven como soportes para que ellos mismos superen existencialmente cada situación. La presencia del padre y de la madre son irremplazables.

-Los Padres enseñan actitudes frente a la vida, maneras de asumir situaciones, de encarar probñematicas. Transmiten con el ejemplo la noción de "responsabilidad".

- Ofrecen comáñia y apoyo en un mundo atravezado por el flagelo del indivudualismo y la soledad.

.... Creo que con estos tenemos suficientes para meditar sobre el rol de Padres.

Conociendo el Magisterio de la Iglesia- El Sacramento del Matrimonio

Dios, que es amor y creó al hombre por amor, lo ha llamado a amar.  Creando al hombre y a la mujer, los ha llamado en el matrimonio a una intima comunión de vida y amor entre ellos," de manera que ya no son dos, sino una sola carne"(Mt 19,6). Al bendecirlos, Dios les dijo: "Creced y multiplicaos"(Gn 1, 28)

La alianza matrimonial del hombre y de la mujer, fundada y estructurada con leyes propias dadas por el Creador, está ordenada por su propia naturaleza a la comunión y al bien de los cónyuges, y a la procreación y educación de los hijos.

El Matrimonio desde el Antiguo Testamento

Dios ayuda a su pueblo a madurar progresivamente en la conciencia de la unidad e indisolubilidad del Matrimonio, sobre todo mediante  la pedagogía de la Ley y los Profetas. La alianza nupcial entre Dios e Israel prepara y prefigura la Alianza nueva realizada por el Hijo de Dios, Jesucristo, con su esposa, la Iglesia:

Novedad de Cristo al Matrimonio

Jesucristo no sólo restablece el orden original del Matrimonio  querido por Dios, sino que otorga la gracia para vivirlo en su nueva dignidad de sacramento, que es signo del amor esponsal hacia la Iglesia: "Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo ama a la Iglesia" (Ef 5, 25)

Dado que el matrimonio constituye a los cónyuges en un estado público de vida en la Iglesia, su celebración litúrgica es pública, en presencia del sacerdote.

Se da el consentimiento matrimonial que es la voluntad, expresada por un hombre y una mujer, de entregarse mutua y definitivamente, con el fin de vivir una alianza de amor fiel y fecundo.